Jueves 17 de mayo de 2012

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“No hay espacio para la música; a veces, más que cuidar a los chicos, se los usa”

Es cantante, docente y productora. En las peores épocas del país se animó a los temas más irreverentes. Considera que hacer música para los más chicos es una cosa seria y toda la vida fue consecuente con esta idea.
Información del Medio
Medio: Tiempo Argentino
Fecha: 08/01/2011
URL: Ir a la Nota de Prensa
Todo empezó con la radio. A sus siete u ocho años, María Teresa Corral escuchó en El Mundo al virtuoso Jascha Heifetz. “Y me impactó”, recuerda. Ese primer impulso la llevó a estudiar violín, a participar en coros. Ya de adulta, por insistencia de sus pares del Collegium Musicum, pasó a la docencia, que la puso a prueba como compositora. Lo demás es sabido: tres generaciones comparten con ella canciones, recitales y proyectos como el Movimiento de Música para Niños (Momusi), que este verano renovará sus actividades. Entre tanto, Marité prepara el lanzamiento de un nuevo disco con temas suyos y obras del Romancero español.

–Da la sensación de que te formaste en el cruce de lo “clásico” con lo popular, que también vendría por la radio.
–Sí, mi mamá, profesora de piano. Mi papá tocaba tangos, a pura oreja, partía el piano en dos. Así que por un lado vendría a ser Chopin, por el otro Contursi y la música de la radio. Yo quería tocar el violín, y hete aquí que nadie tenía uno en las cercanías. Al final descubrimos que una amiga de mamá tenía uno chiquito. Una mañana me desperté y encontré el violín a la vera de mi cama: estaba sin uso, sin nada y con dos o tres cuerdas flojas… Lo vi, y (hace la mímica de tocarlo con el arco) ¡grrrr! Una cosa terrible. Pero es el instrumento que más me aguantó y que más aguanté. Empecé a estudiar con un italiano buenísimo. Al principio no podías estar tocando una hora, pero estabas el tiempo que querías. Descansabas escuchando a los demás…

–¿Y seguiste con una educación más formal?
–Yo fui anti-conservatorio para la formación musical, la única vez que estuve fue en el coro de niños, que era un juego de niños. Nos enseñaban los primeros palotes de la música. Hasta casi los 25 años hice mucha actividad coral. En la secundaria me las ingenié para armar un coro con compañeras. Aprendí lo demás con profesores particulares, como el doctor Loister, formador del Collegium Musicum. Cada vez que venía un capitoste europeo y hacía alguna obra importante, como cantatas de Bach, ellos tenían la buena costumbre de hacer recitales para los socios o pedir nuestra colaboración. Era como tenerlo a Barenboim, digamos, tocando el piano y todos alrededor. Así me formé, y creo que después se reveló un poco en lo que fui haciendo.

–¿Y cuándo tomás la música como oficio?
–Yo tenía otra carrera: como trabajo, diseñaba telas, afiches. Estaba en el Collegium, cuando me casé y tuve mi primer hijo, Sergio (Dawi, saxofonista). Lo llevaba a los talleres para chicos, y por mi lado hacía todos los cursos para ponerme al día con la cosa pedagógica. Me insistieron, empecé a dar clases. Seguí muchos años con ellos, después tenía mis propios alumnos, o en escuelas. Experimentaba a la vez que componía. Los chicos no sabían que estrenaban una canción, ¡un estreno mundial! La única que lo sabía era yo.

–¿Llegaste pronto a la grabación de discos?
–Mientras juntaba canciones, me pidieron material. Tenía una cantidad más o menos interesante, y por distintas situaciones me largué a producir sola. Pedí un crédito al Fondo de las Artes, que tuve que pagar dando mis clases. Cuando me llegaron los casi 1000 LP dije “¡bueno, esto mis nietos lo van a tener en la sopa!” El segundo disco, El Rondó de la gallina, también tuvo un crédito. Pero eran otras épocas: hubo muy buena recepción de la crítica seria y, por ejemplo, una reseña de La Nación enseguida repercutía en pedidos. Después empecé a hacer recitales y anduve por casi todo el país.

–¿Cómo empezaste a hacer radio?
–Cuando comenzó la época de la democracia, enseguida me contrataron para una cantidad enorme de recitales. Un día se acercó un señor y me dijo “quiero tenerla con nosotros”. Era el director de la que en ese momento se llamaba Radio Municipal, y así empecé a hacer A parar la oreja. Tuve un contacto con la gente muy bueno, que duró hasta que llegó el comunicador de remplazo, Pepe Eliaschev, que a mí como a muchos otros nos dejó en banda. Tuvo una conducta como comunicador bastante incomunicada. Pero antes de eso se dieron situaciones muy lindas. Por ejemplo, en Villa María, Córdoba, una profesora de conservatorio grababa las audiciones, trabajaba con los chicos las propuestas, y yo recibía un paquetón con el resultado (se ríe).

–Había un resultado inmediato, palpable.
–Eran juegos, o cosas que habían surgido. La gente escribía y saludaba al equipo. Yo, que ni telefonista tenía, decía que ese equipo eran María, Teresa y Corral. Tardaba horas en preparar todo, porque no tenía una estructura fija. Entonces pasé a zonas bastante delimitadas, y colaboradores. Cada tantos meses hacíamos reuniones con los que nos escuchaban, y había instalado una pregunta sonora. Elegía algún pedacito de algo y hacía una pregunta abierta, que no era para decir qué instrumento era, o de cuál autor. Más que nada, atendía a la sensibilidad: “¿Esto qué te produce? ¿Te da ganas de bailar, qué color tiene?” De pronto intervenía una familia: la mamá, el nene de tres años decía que era un pajarito, el de cinco que era un triciclo. Era una forma de incentivar la escucha.

–¿Y qué vínculo se da con el público en los recitales?
–Mi principal vínculo ahora es, desde 1997, gracias al MOMUSI. Lo fundamos cuando ya yo estaba haciendo mis últimos recitales, pero aporté toda la experiencia. Cuando presentamos a los conjuntos y estoy en vena, canto: siempre alguna canción tradicional, que cada vez escasea más. O un juego o una copla o algo por el estilo. El espacio que tenemos hay que conservarlo con calidad. Ya somos más de 15 grupos, pero de pronto encontrás mucha confusión. Con los chicos, se pasa de jugar a entretener. Y es como el chicle, te entretiene, la pasás bomba, pero no te alimenta. Estás todo el día masticando… El juego es otra cosa, y a veces gente inteligente queda atravesada por todas las emanaciones terroríficas de la televisión, que de todo hace un chimento.

–Tus discos (ver recuadro) son resultado también de la recopilación de material popular. ¿Ese trabajo te hizo repensar la idea de tradición?
–Es que no rechazo mis raíces, como nieta de italianos, españoles, hija de argentinos y admiradora y respetuosa de las etnias. Creo que hace falta oír la voz de la tradición, pero noto tres formas posibles. Una es la del que repite completamente todo, otros recrean y otros directamente crean. Creo que son importantes las tres. Si sólo se reflejasen cosas de hace 100 años, no se evolucionaría. Uno como intérprete hace naturalmente síntesis. Hay que mantener los lazos; si no, en la música seguirá sucediendo lo mismo que en todo: falta diversidad y autenticidad. Así como los bosques se derriban para el monocultivo, también la música queda muy achatada, y se va empobreciendo la expresión.

–¿Creés que no se da espacio a la música para chicos?
–Claro que no hay espacio. Por ejemplo, hace dos o tres años se hizo un evento multitudinario. Alas se llamaba, no el Mundo Alas de Gieco: el de Shakira. Con grupos como los que tenemos, ¿no se les ocurrió invitarlos, provocar algo que sí tenga que ver con los chicos? O en la Feria del Libro Infantil, donde con el Momusi nos costaba mucho evitar que pusieran cualquier basura. Hay más un uso que un cuidado de los chicos. Por otro lado, en Radio Nacional hubo un cambio muy lindo. La nueva tanda de gente está muy bien, con chispa e inteligencia, sin esa cosa ceremoniosa que no llevaba a nada. Creo no estar mal informada, pero a una audición buenísima que hacía Julio Calvo, músico y docente con 20 años de actividad, primero la recortaron, ¡y después la sacaron! Cuando de chicos se trata, somos un poco el último orejón del tarro.

–¿Lo pensás en relación con el esquema actual de medios de comunicación?
–Claro. La globalización, entendida como la entiende el mercado, en vez de hacer conocer la diversidad y toda su riqueza, hace que todos nos parezcamos a todos, en el peor sentido. Salvo, en el caso nuestro, alguien como el Chango Spasiuk, en Canal Encuentro. Como ha recorrido el país, y con la humildad que tiene, el tipo se queda con la emoción de escuchar a un paisano, una abuela, y se va integrando. Pero hasta encontrar un Spasiuk o un Canal Encuentro, hay mucha chatarra.

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